Barry es sin duda el
San Bernardo más célebre de todos los tiempos, cuyas características
psíquicas son todavía ejemplares para la raza. Nació en 1.800, justo cuando
Napoleón atravesaba el paso con sus tropas. Desde muy joven demostró
dotes
excepcionales y un pequeño adiestramiento bastó para convertirle en un
perfecto perro de
salvamento. Su diligencia era extraordinaria y nunca nadie tuvo la
necesidad de exhortarle para trabajar. Si con su agudísima sensibilidad
advertía que alguien estaba en peligro, nadie podía retenerlo en el
hospicio: casi en un estado de trance, guiado por oscuras fuerzas, salía con
cualquier tiempo en búsqueda del caminante perdido. A menudo trabajaba solo,
como todos los verdaderos perros de socorro, pero si la labor era superior
a sus posibilidades, volvía al hospicio para dar la alarma.
Cuando
en 1.805 realizó el más famoso de sus rescates, ya era célebre en toda
Europa. Martino Vincenzi, un trabajador italiano, murió de tisis en Lausana
dejando a su mujer y a su hijo de corta edad sin dinero. La mujer decidió
volver con sus parientes a Italia. A principios de marzo, atravesaba
Martigny y, con el niño colgado en los hombros, como se hacía entonces,
exhausta por el largo camino, llegó a Bourg-Saint-Pierre. Aquí intentó
encontrar un trabajo para transcurrir allí algunos meses y reponer fuerzas.
Pero la gente era pobre y nadie quería cargar con dos bocas que alimentar.
Le
aconsejaron volver a Martigny, pero ella lo rechazó y a la mañana siguiente,
a pesar del tiempo amenazador, se encaminó hacia el paso.
Mientras, en el hospicio, el padre Luís, guía de
los perros y gran amigo de Barry, al que usa como jefe de la manada, ha ido
a realizar la vuelta diaria de inspección. De repente vio
a
Barry detenerse y con él a los otros perros. poco después oyó, proveniente
de las rocas del Becco Nero, un siniestro crujido que, aumentando la
intensidad, se convirtió en el ruido de un trueno. en pocos segundos, monje
y perros eran sumergidos por una nube blanca mientras caía un alud cien
metros delante de ellos. Cuando todo acabó, el padre Luís vio que Barry iba
en dirección al alud desapareciendo de su vista. Lo llamó fuertemente, hizo
sonar el pito repetidamente hasta que, debido a la amenaza de nuevos aludes
o ventiscas, decidió volver al hospicio sin él.
Cuando
explicó al prior lo sucedido, este se asombró porque Barry nunca había sido
desobediente; quizá había percibido algún ser humano en dificultad, pero
esta hipótesis era descartable ya que muy pocos habrían podido aventurarse
en el paso en aquella estación del año. Desgraciadamente ninguna suposición
podía tranquilizar a los dos monjes. Siguieron paseando arriba y
abajo en el atrio del
convento y de vez en cuando abrían la
pesada puerta para escrutar el exterior. A las tres de la tarde su tensión
aumentó considerablemente y decidieron enviar a algunos hermanos, a pesar de
la incipiente tormenta, en busca de Barry. La columna partió pero, después
de algunas horas de búsqueda, no consiguieron encontrar ninguna pista del
perro. Dos monjes que se dirigían a Cantine de Proz se enteraron allí de que
una mujer con un niño, sorda a las llamadas de quien quería retenerla, se
había aventurado a través de la pista que, bordeando el glaciar de Balsore,
conducía al paso. En ese momento se dieron cuenta de que la
mujer debía
encontrarse cerca del lugar de caída del alud y que Barry habría sentido su
presencia. Pero esto había ocurrido diez horas antes. Mientras la tempestad
de nieve se desencadena con toda su furia, en el corazón de la noche,
decidieron volver al hospicio a pedir refuerzos para una nueva inspección.
Mientras, a las 11 de la noche, el convento estaba inmerso en el sueño, pero
el prior no podía dormirse pensando en lo sucedido. De repente, un lamento
que traspasaba el grito de la tormenta lo hizo sobresaltar y oyó unos ruidos
retumbar en el vestíbulo de entrada. En la planta baja y ,
una vez abierto el portón de par en par, vio a Barry, cubierto de nieve,
agazapado bajo el muro de protección. El perro emitía un ligero aullido pero
permanecía inmóvil. El prior se agachó y vio que tenía un morral en el
dorso: de repente se dio cuenta con estupor de que, envuelto en un paño y
atado a las correas que poseen todos los perros del hospicio, había un niño
desmayado. Transportó enseguida al pequeño al interior pidiendo ayuda. Los
monjes le dieron masajes para reanimarlo y después de unos momentos de
angustia, el niño abrió los ojos. en ese mismo instante, los hombres que
habían estado en Cantine de Proz regresaron. en seguida se entendió que
Barry, excavando en el área del alud, había encontrado a la mujer. pero
ella, demasiado débil para seguirle, en un esfuerzo desesperado encaminado a
salvar al menos la vida de su hijo, se lo
había confiado después
de haberlo asegurado a las correas del sostén.
En
aquella noche, otra patrulla salió de nuevo guiada por el incansable Barry.
Encontró a la madre donde la había dejado: parecía dormir tranquila en su
lecho de nieve...
Otro
episodio típico de la psicología de Barry y en el fondo de todos los
perros San Bernardo es el que tuvo lugar a principios de marzo de 1.809.
aunque el tiempo era pésimo y la temperatura polar, cuatro obreros italianos
iban camino de Suiza. Tenían prisa por llegar a Lausane, temiendo que los
mejores trabajos se les pudieran escapar. La niebla que caía sobre la
montaña no les asustaba, puesto que conocían aquellos parajes como nadie.
En la cima del Gran San
Bernardo, tres monjes patrullaban desde hacía varias horas con los perros.
El padre Luís iba con ellos, se sentía cansado y enfermo y
el frío húmedo le
penetraba en los huesos. Mientras decidía volver al hospicio, vio a Barry
detenerse de repente, oler el aire y dirigirse hacia la montaña Morta, donde
la nieve parecía una manta impenetrable. Conociendo el infalible instinto
del glorioso veterano, le dejó ir e invitó a los hermanos a seguirle con los
otros perros. Faltándole la energía para otro reconocimiento permaneció
parado, esperando.
Llegó
la noche cuando el grupo, precedido por Barry, encontró a los cuatro
italianos que, perdidos en la niebla, después de haber vagado durante mucho
tiempo por la montaña,
extenuados,
estaban uno contra el otro para defenderse del frío.
Mientras un monje les
confortaba con el licor y los víveres que los perros transportan, el otro
corrió al convento para pedir ayuda. En pocos instantes, una nueva patrulla
equipada con camillas se puso en camino. Nadie se preocupa por el padre Luís
que se había quedado esperando, porque Barry lo habría encontrado y
reconducido.
En efecto,
unas horas después, Barry encontró a su conductor que, intentando volver
solo al hospicio, se había caído por un barranco rocoso y tenía una pierna
rota. Mientras el frío se había hecho más intenso y
la montaña se cerraba en un torno de hielo. El perro se estiró cerca del
hombre para reanimarle. El padre Luís aferró el barrilito colgado al cuello
del animal pero estaba vacío, buscó los víveres pero no los encontró; su
perro no podía ayudarle; dándose cuenta de que le estaba llegando su fin,
ordenó a Barry que volviera a casa para pedir ayuda. Cuando apesadumbrado el
perro llegó al hospicio, los monjes se dieron cuenta de que las provisiones
de Barry habían sido utilizadas para ayudar a los italianos. Inmediatamente
siguieron al perro, pero ya era demasiado tarde cuando llegaron de noche,
el
padre Luís había muerto. El animal se puso cerca de él como para protegerle
y no hubo manera de moverle. Hasta el alba, la montaña fue sacudida por sus
largos y tristísimos aullidos.
Barry nunca más aceptó
a otro conductor, ni nunca más quiso que le acompañaran otros perros en su
trabajo. Los numerosos salvamentos efectuados por él después de 1.809,
comprendido el de otro niño, no fueron llevados a cabo por los monjes. Él
vagaba solitario como un fantasma incluso cuando la ventisca era más fuerte.
Conocía cualquier recodo, cualquier sendero más remoto de la montaña, los
mismos monjes, estupefactos, no se atrevían a darle órdenes: se había
convertido en un mito.
Un día
lo encontraron cubierto de heridas cerca de un soldado. El hombre semihelado
y en delirio, lo había confundido con un lobo apuñalándolo varias veces.
Barry, tan ágil como era, habría podido huir fácilmente de los golpes, pero,
intentando ayudar al desafortunado soldado, se había quedado cerca de él
para calentarle y socorrerle. Los monjes lo transportaron al hospicio.
El
hombre se recuperó y Barry, objeto de numerosos cuidados, sanó, pero ya no
fue capaz de realizar una vida activa en la montaña. Con resistencia, el
prior lo mandó a Berna con sus amigos, donde vivió durante otros dos años,
extraño a los hombres y a los animales. Era el día 15 de diciembre de
1.812.
Quien, consciente de su
fama, se había dirigido a la capital helvética para verle, lo recuerda como
un gran perro inmóvil, desdeñoso, con la cabeza dirigida a sus montañas, en
constante espera de la muerte. Murió a finales de 1.814 con casi 15 años y
se donó su cuerpo al Museo de Historia Natural de Berna donde fue
embalsamado. Hoy, después de más de 180 años, sus restos aun saludan a los
visitantes que llegan de todo el mundo para verle.
Existe toda una
literatura sobre Barry y se han realizado estudios profundos para explicar
sus facultades casi mesiánicas. Le fue dedicado un monumento en el
cementerio de perros de Asnière en París.
Pero el elogio más
pertinente, además del de
Henry Bordeaux en la conmovedora novela "La Neige", le fue dado por el
escritor y científico Peter Scheitlin (1.779 - 1.848) en la obra "Estudio
completo sobre el instinto de los animales": " El mejor perro no es el que
veló a los defensores de Corinto, ni el de Dryde, que con la señal de su amo
destruyó a los bandoleros, ni el perro Varsovia que se tiró desde lo alto
del puente al río para salvar a una niña, ni el de Montargis, que mató en
presencia del rey al asesino de su amo, ni el de Benvenuto Cellini, que le
despertó mientras intentaban robarle. No, el mejor perro es Barry, el santo
del San Bernardo. Barry es el perro más grande, el animal más grande".
"Salías del convento
con el barrilito en el cuello y caminabas en la tormenta con las insidiosas
nieves. Todos los días inspeccionabas la montaña en busca de infelices
sepultados por el alud. Solo los desenterrabas y los devolvías a la vida, y,
cuando no podías, corrías al convento y pedías ayuda a los monjes. Tú hacías
resucitar. Tu ternura era tan comunicativa que el niño desenterrado por ti
se dejó llevar al hospicio sin temor agarrado en tu dorso".
"Salvar
a alguien era tu alegría y tú sabías hacerte entender por aquellos a quien
socorrías e infundirles confianza y valentía".
"Muchos hombres
deberían aprender de ti".
"Tú no
esperabas a que se te llamara, recordabas sólo tu sagrado deber, como un
hombre justo que
quiere agradar a Dios. Cuando la niebla o la ventisca se acercaban, tú
partías. ¿Qué hubiera sido si Dios te hubiera hecho hombre? Durante 12 años
fuiste infatigable, sin esperar agradecimiento. Tuve el honor de conocerte
en San Bernardo: con respeto me
saqué
el sombrero ante ti. Tú jugabas con tus compañeros como un león entre
leones, quise acariciarte pero tú refunfuñaste porque no me conocías. Si
hubiera sido un infeliz no lo hubieras hecho. Ahora, tu cuerpo embalsamado
está en el Museo de Berna. Hizo bien ola ciudad que te hospedó y te mantuvo
cuando eras viejo e incapaz de servir a la humanidad".
Prof. Walter Hubber
Direc. Museo Berna
1.917-1.984
"Quien vea tu
cuerpo embalsamado, que se quite el sombrero, que adquiera tu relato y lo
ponga en un marco para mostrarlo a sus hijos y les diga: id y haced como
este buen samaritano".

|